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Puntuación: 4'5/5
En tiempos de crisis, el mejor remedio es el humor. Ver con optimismo el lado bueno de la vida es la única manera de sobrellevar la complicada etapa en la que nos encontramos actualmente. Y por eso una producción como Spamalot es probablemente la mejor opción que podía llegar a la Gran Vía madrileña.
El musical de los Monty Phyton no pretende ser tomado en serio, su objetivo no es dar que pensar, sino precisamente todo lo contrario: ayudar a no pensar, ayuda a olvidar los problemas, dejándose llevar por una historia en la que lo absurdo y lo irreverente son la norma, la coherencia no es algo imprescindible, y los personajes no están ahí para que nos identifiquemos con ellos ni suframos con sus desventuras, sino para llevarnos hasta la carcajada, o cuanto menos, a la sonrisa de satisfacción por un tiempo (y un dinero, que al fin y al cabo es lo que más preocupa) bien invertido.

La compañía de Spamalot en Madrid
A algunos puede echarles para atrás el miedo a encontrarse con un humor británico que no entiendan o no encuentren gracioso, pero lo que Spamalot nos ofrece, al fin y al cabo, no es tan distinto a lo que podemos ver en esos programas de sketches cómicos y especiales de Nochevieja que a tanta gente congregan en torno al televisor en este país. Es un humor universal, y a la vez cercano, que fácilmente podemos identificar como propio. Además se han añadido numerosos guiños al público madrileño y español en general, algo que en otros musicales sería imperdonable, pero que en este es algo totalmente válido, precisamente porque, como ya he comentado antes, este musical pretende ser deliberadamente absurdo, y en él todo está permitido.
Spamalot es una importación de Broadway, y si comparamos la producción del Lope de Vega con el original, está claro sale perdiendo en muchísimos aspectos, sobre todo en lo que a vestuario y puesta en escena se refiere. Pero también hay que tener en cuenta que se trata de una versión propia, y no de una franquicia, y que se ha hecho con menos medios y presupuesto de los que son habituales al otro lado del charco, por lo que hasta cierto punto es perdonable. Aún así es una lástima el hecho de que, si el montaje que llegó a Barcelona ya era una versión “menor” respecto a la de Broadway, a Madrid ha llegado aún más mermado todavía, ya que, aunque el Lope de Vega es un teatro impresionante en muchos aspectos, tiene una gran carencia, que es la falta de un foso habilitado bajo el escenario, lo cual ha obligado a introducir soluciones alternativas en algunas escenas (como la primera aparición de la Dama o el número del Grial), que quizás hayan quedado un poco deslucidas, aunque se han solventado con ingenio.
Otro punto débil son las letras de las canciones, algo forzadas en algunos momentos. Pero de nuevo es importante matizar, ya que probablemente este musical tenga en su versión original algunas de las letras más difíciles que se hayan tenido que adaptar nunca al castellano, llenas de juegos de palabras intraducibles, lo cual ha debido dificultar mucho la tarea de los responsables de la versión española.
No obstante, no faltan méritos que reconocerle al Spamalot madrileño. Empezando por el nivel actoral, que es excelente. El reparto es prácticamente el mismo que en Barcelona, salvo tres de los roles principales y algunos integrantes del cuerpo de baile. Es bastante difícil resaltar a un actor o personaje por encima de otro, y además Spamalot tiene la particularidad de que varios papeles son interpretados por el mismo actor. Sin duda son dignas de reconocimiento las excelentes actuaciones de Jordi Bosch, soberbio y graciosísimo como Rey Arturo, Fernando Gil, en el papel del sádico pero en el fondo sensible Sir Lancelot, Ignasi Vidal como el pedante y glamuroso Sir Galahaad, y Jesús García, uno de los grandes descubrimientos de este musical, y uno de los que más personajes asume a lo largo de la obra, destacando sin duda el del cantarín y afeminado Príncipe Herbert, que es de los que más carcajadas arranca al público.
Jordi Bosch, seguido por Fernando Gil,
Victor Ullate, Ruben Yuste e Ignasi Vidal
(Fotografía: Enrique Tapia)
Y por supuesto, todo espectáculo que se precie debe tener su diva, y Spamalot la tiene. ¡Y qué diva! Dulcinea Juárez tomó el relevo de Marta Ribera y asumió en Madrid el papel de la Dama del Lago, sin duda uno de los platos fuertes. Entre otras cosas, porque es este personaje el que hace que Spamalot merezca la pena como musical, ya que, sinceramente, no cuenta ni de lejos con el mejor conjunto de canciones que jamás se hayan escuchado sobre un escenario. Las melodías son simpáticas y agradables, pero no se puede decir que abunden los grandes temas (me cuesta creer que se llevase el Tony y el Grammy a la Mejor Grabación). Pero hay honrosas excepciones, que son precisamente aquellas canciones en las que participa la Dama, ya sea acompañada o en solitario. Y es que ella es sin duda la que lleva la voz cantante en Spamalot. Porque voz está claro que no le falta a Dulcinea, como demuestra en todos sus números. Y desde luego tampoco le faltan aptitudes como actriz cómica. Lástima que el personaje aparezca poco a lo largo del musical… algo que ella misma se encarga de recordarnos en el impresionante “Lamento de la Diva”.
Y dejando de lado al elenco principal, otro mérito a reconocer es el del cuerpo de baile, que no sólo baila, sino que canta e interpreta, siendo un elemento imprescindible en el desarrollo del musical.
En conjunto, y a pesar de sus defectos, que los tiene, Spamalot sigue siendo una de las opciones más interesantes que se pueden ver actualmente en cartel. Si el humor es la mejor medicina contra la depresión y los problemas, en el Lope de Vega podemos conseguir una buena dosis.
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